sábado, 30 de septiembre de 2017

Crítica de "madre!"

-Aronofsky se encuentra con Polanski y ofrece uno de sus trabajos más agresivos y personales. Imperfecto, desasosegante, subjetivo y necesario.

-Se sale fatigado y descompuesto de la sala, el porqué depende de cada uno.

Era evidente que Darren Aronofsky iba a traer de vuelta la controversia con su último trabajo. Una película que puede tildarse de inclasificable aunque haya muchas, casi demasiadas, formas de clasificarla. Paramount ha decidido hacerlo -falsamente- como una película de terror, lo que llevará a muchos adolescentes a la sala para encontrarse con algo radicalmente distinto. Eso mismo ocurrió ayer en el pase al que acudí, y me hizo reflexionar sobre lo que nos propone el cineasta. En un mundo donde el cine contemporáneo vive de remakes, secuelas y películas manufacturadas, Aronofsky elige ser él mismo, el tipo pretencioso al que amas u odias, ese creador tan personal que siempre busca golpearnos con contundencia. Por tanto madre! es una obra original, pero más aún que eso, es una obra que respira gracias a la subjetividad del espectador. En un momento en el cual el gran público está tan acostumbrado a lo fácil, lo mascado y lo literal, Aronofsky propone algo que parece subversivo; que el espectador se convierta en un observador activo, que participe de lo que ve, que analice lejos de la literalidad, que entre en el juego con los sentidos prestos para ser puestos a prueba, que haga un esfuerzo para obtener algún tipo de recompensa.

Es difícil hablar sobre madre! en unas pocas líneas, también debe serlo quedarse callado sobre lo que propone. Podemos creer que es un melodrama de pareja, un thriller psicológico cocinado a fuego lento o una chiflada broma cósmica, quizás sea todas esas cosas o quizás ninguna, no hay forma de equivocarse. Realmente tampoco es vital “entender” lo que te quiere decir Aronofsky, lo importante es si estás dispuesto a entrar en el laberinto alegórico que supone el filme, y si una vez dentro decides seguir buscando la salida con morbosa disposición o en algún lugar simplemente te resignas a quedar atrapado. Cada puerta abre el debate hacia un sinfín de temas: el miedo, la obsesión, la ambición, el éxito, la feminidad, la maternidad, el legado o el ya habitual mensaje del director sobre el dolor y la destrucción como motores para la creación. Cuanto mayor es la escala del juego de metáforas mayor se vuelve la confusión y más notorios se hacen los problemas de la cinta. Sin embargo el atractivo de la propuesta se hace evidente conforme el caos penetra e incuba en la casa, pues el proceso de reconstrucción subjetiva de lo que el espectador ve/interpreta culmina con la completa destrucción del guiñol manejado por el cineasta.

Puede que para alguien solo se trate de un melodrama de pareja contado desde la visión de un ama de casa egoísta, posesiva y con problemas, pero para otra persona será el maltrato de la musa o la representación del Génesis-Apocalipsis con el “Him” de Bardem como figura central, un dios narcisista que resulta tan imperfecto que permite derivar en otra alegoría más, la del hombre que extrae todos los recursos de la tierra sin que nunca sea suficiente; o quizás al final del camino, cuando uno descubre que el laberinto no tiene salida real y que ha estado dando vueltas en círculos, entiende que en realidad no es más que una metáfora sobre la creación artística. Independientemente del desenlace o el significado que le demos, hay cosas menos discutibles, como que la película tiene problemas. Desde tramos reiterativos que afectan al metraje final hasta los constantes excesos y la sobreexposición masiva de ideas. Sin duda es bueno tener mucho que decir, pero parece mentira que Aronofsky aún no sepa o no quiera controlar sus pretensiones, su torrente de ideas ni su inexistente sutileza para representarlas. Todo ese caos y esa confusión funcionan en favor de la sensación de asfixia pero no del filme como representación de algo más grande. Aunque a estas alturas nadie puede echarle en cara a Darren el no llevarse bien con la concisión y el orden.

Podemos debatir durante horas los significados de madre!, hasta podemos discutir sobre si lo importante son esos significados, la lucha del espectador o simplemente la pesadilla psicológica que nos hace experimentar. Lo que está claro es que el espectador pelea por no ahogarse en este nuevo diluvio de metáforas de Aronofsky, ese señor imperfecto, pretencioso y muchas veces genial, que siempre hace lo que quiere. Puedes amar esta película, puedes odiarla (aunque sin duda sea culpa tuya por ir a verla), pero también puedes estar entre ambas posturas. Un servidor se encuentra en esta tercera opción, habiendo conectado en cierto modo con el caótico lienzo del cineasta pese a los brochazos. No es Lynch, no es Polanski ni es De Palma, pero Aronofsky tiene los cojones de hacer algo atrevido.


Alejandro Arranz

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